Esta es una historia alucinante, como sólo podía protagonizarla... Renato, mi gato juerguero!!! Sale casi todas las noches por los techos de mi barrio y regresa hasta pasadas las dos o tres de la mañana (cuando es un día aburrido, porque cuando encuentra a sus puntas (colegas gatunos o gatunas) ya no regresa hasta el día siguiente). Y es que claro, no podía esperarse menos. Criado principalmente por mi hermano Carlos, el papirriqui (guapo) de la cuadra donde vivimos, le enseño todas las gracias que él suele hacer con sus amigotes. |
![]() |
| Como el padre que le da a probar a su
hijo chiquito un poco de cerveza, así igual, él le hacía probar no sólo cerveza, sino
vokdra, vino, ron y todo lo que encontraba en su camino. Hasta cigarro prendido le ponía
en la boca. Se mataba de risa junto a todos sus amigos, reunidos en la sala de mi hogar,
cuando el pequeño Renatito (no tendría ni dos meses cuando Carlos lo trajo a casa
acurrucado en su polo de fútbol, dijo que lo había encontrado detrás de unos matorrales
maullando de hambre, frío y dolor por la herida que tenía en la parte superior de su
pierna derecha) hacía un mohín de desagrado, con la nariz y la boca, al probar todos
esos brebajes e inventos de mi hermano. Sin embargo, como buen felino, ya más grande se le rebeló muchas veces y cuando no quería beber lo que le ofrecía, no dudaba en arañarle los brazos y las manos para aprovechar de escaparse a su aposento. Por ello, Carlos, tiene muchas marcas de garras selladas en su piel. Ni siquiera por eso dejó de fastidiarlo para que conozca lo bueno de la vida, decía. Tanto le hizo probar que ahora ya le gusta la bebida, sobre todo el vino y la cerveza. Cuando siente que llegan los amigos de mi hermano a la casa, corre desde su cama y se sube al sofá para reservar su lugar. Se relame los bigotes mientras observa que le sirven su bebida favorita. Ponen su vaso cerca de su boca y, como si fuera agua, bebe lamida a lamida su contenido. Se relame y se vuelve a relamer, hasta que se le escapa un eructo. La risotada es unánime. Renato ya tiene más de cuatro años, es fuerte, pero no tan alto, tiene el pelo blanco como la nieve con un poco de gris jaspeado en el lomo y las orejas. Es chusco (sin raza) pero lindo, cuando quiere ganarse el cariño de alguien, se frota entre las ropas de las personas, se menea muy coqueto y da maullidos tiernos que se ganan el corazón de cualquiera. Lo quiero mucho, pese a sus gracias es un animal muy noble. Porque además, ya les dije, cuando no quiere juerga, no quiere y punto. No hay fuerza humana que lo pueda obligar, a menos que esté dispuesto a ser arañado hasta en la cara. No como otros que ceden ante la presión de los amigos. Para Renato, no es No. ¿Dicen que los gatos corren ante la presencia de los perros? Esa teoría no la conoce mi gato, casi todos los caninos de mi barrio tienen una marca de sus garras por pretender atraparlo como a cualquier otro felino. Y es que mi gato es especial, no se compara con ninguno. Carlos le ha enseñado, también, a defenderse muy bien. A que no se deje agarrar por cualquiera, que no coma nada de la calle y ha mostrar las garras ante los perros. Nunca lo atraparán, nunca lo atraparán, Renato es mi gato y nunca nadie lo atrapará es el lema que le cantan mi hermano y sus amigos. Una vez hubo una reunión en mi casa, santo de mi mamá, donde sólo se bebió vino, el favorito de Renato. Resulta que con el ajetreo de atender a una y otra amistad, nadie se acordó de invitar un poquito a mi querido felino. Él maullaba bajito pero ninguno de los familiares nos dimos cuenta del porqué. Hasta que se escuchó un sonido de botellas caídas en la cocina y encontramos a mi gato bebiendo las sobras de vino de cada recipiente. Fue un vacilón, recién nos dimos cuenta de nuestro desatino. La foto que les envío, fue tomada justamente
la noche de Año Nuevo del 2001, cuando Renato celebró tanto como nosotros. Después de
varios vasitos de vino, se quedó seco en plena calle. Mi hermano
y sus amigos no dudaron en registrar esa escena para la posteridad, aunque después no se
acuerden ni cómo terminaron ellos. Lo que no saben es que yo sí tengo cómo recordarles
eso, una instantánea que vale más que mil palabras. La pondré en un cuadro. Andrea. |
|