Salió sin
fuerzas, casi desmayado, atorado por la nube de humo y polvo que cubría los alrededores
del World Trade Center, en Nueva York, EE.UU. Su fino pelaje negro se había convertido en
gris y estaba mojado. Exhausto, con la lengua afuera, recibió la primera gran ayuda: un
bombero abre su botella personal de agua y se la acerca al hocico. Se la bebe con
desesperación, mientras una lluvia de flashes de cámaras fotográficas y de televisión
inmortaliza la escena.
Era el 11 de
setiembre del 2001, pocas horas después del trágico atentado a las Torres Gemelas. La
noticia dio la vuelta al mundo: un fiel perro
(no se especificó la raza), que había acudido a trabajar junto con su dueño
al WTC en uno de los pisos más altos de uno de los edificios, logró sacar ileso, hasta
la calle, a su amo ciego.
No había
palabras para calificar tan memorable acción. Ni los humanos, muchas veces, damos
muestras de tanta entrega y amor. Luego, ya recuperado de la conmoción, su dueño contó
a la prensa que en el momento del ataque se encontraba en uno de los pisos más altos de
una de las Torres. Primero sentí un fuerte movimiento en mi oficina, pensé que era
temblor, pero después escuché los gritos de desesperación de los demás trabajadores,
pregunté qué sucedía pero nadie me contestaba, entonces percibí el olor a quemado, a
incendió y recién alguien grito: ¡Un avión se ha estrellado!, ¡Un avión se ha
estrellado!, sentí que todos corrían, pero yo no sabía hacia donde ir... por mi ceguera
me creí perdido... fue entonces cuando reparé que Bravo, mi fiel perro lazarillo, ladraba y ladraba
con fuerza y golpeaba mi pierna con su hocico como diciéndome: ¡Vamos!, ¡Vamos!,
entendí sus intenciones e inmediatamente cogí su correa y me entregué con confianza a
seguir sus pasos.
En el
camino nos encontramos con damas, jóvenes, señores y ancianos que pugnaban por salir,
pero no sabían bien hacia donde dirigirse... decían que los pisos de abajo también se
estaban incendiando, que había cortocircuito, que el agua estaba inundando otros
ambientes... cundía la desesperación... entonces yo les dije que confiaba plenamente en
el buen olfato y sentido de orientación de mi Bravo
y que si querían podían seguirnos. Así lo hicieron algunos y juntos, grada a grada,
piso a piso, compartimos primero el temor y luego la emoción avanzar con éxito hacia la
salida... todo gracias al buen tino de Bravo,
por el camino se nos unieron otros. En algún momento caí, por los obstáculos que
tuvimos que pasar, estaba cansado y ya no tenía fuerzas para seguir, el humo me asfixiaba
y sentí que me iba a desmayar, que ahí mismo iba a morir... pero mi mascota se sentó a
mi lado, gimió, me lamió la cara y me ladró como diciendo: ¡Hay que seguir!, ¡Hay que
seguir!...al verlo tan afanoso, pese a que también estaba cansado, sucio, asfixiado y
arañado, me reincorporé como pude y sacando fuerzas de donde no tenía le grité:
¡Hasta la calle!, bajamos escaleras y caminamos más aceleradamente, al igual que se
aceleraban nuestros corazones al percibir con emoción que la salida, finalmente, estaba
cerca. Una exclamación de júbilo me hizo entender que Bravo, había cumplido satisfactoriamente su
misión, narró entre lágrimas su orgulloso dueño.
De esta manera
queremos resaltar el bondadoso corazón de los animales que, cuidados con amor, siempre
nos entregarán lo mejor de sí. No los maltratemos. El desarrollo de ésta crónica es
ficticia, pero la noticia en sí es cierta. Radio Programas del Perú dio cuenta de un
perro que el día del atentado logró sacar a su dueño ciego hasta la calle, al que un
bombero dio a beber agua de su propia botella como premio a su gran labor. La emisora no
dio más detalles al respecto y tampoco encontramos algo más en Internet, por lo que
quisimos recrear y explayar esta información a nuestra manera. Gracias por llegar hasta
aquí.
(Mazucari).