Pelo largo, cuerpo pequeño; nariz fría, piel caliente; dormilón pero
ladrador; así, en frases cortas, podría describir a mi querido y amado Punky
(porque casi todo en él es corto). Sin embargo, él es mucho más, nadie imaginaría que
con su menuda figura, no llega ni a los 30 centímetros del piso, es capaz de saltar hasta
cerca de un metro 20 en su afán de observar por la ventana cuando nos vamos a la calle o saludarnos cuando
llegamos.
Tampoco sería creíble que así, diminuto como es, sea el perro más
peleador de la cuadra. No le importa el tamaño de su oponente, simplemente se
le lanza encima aunque éste sea un pastor, labrador o mastín. Aunque, claro, debo
reconocer que la mayoría de canes que se desplazan por los alrededores de mi barrio son
mansos, de otro modo no se explicaría que lejos de enfrentarlo con alevosía, ahora ven a
Punky y corren a sus casas. Es de reír. No contenta con eso, mi engreída mascota los
persigue a la velocidad de un rayo hasta que sus vecinos entran a sus moradas.
Se escabulle entre las rejas de mi puerta principal y no hay quien lo pare, después
regresa con la misma rapidez y se hace el santito (sólo le falta silbar y
mirar al techo como lo hacemos los humanos). Es un Yorkshire Terrier de dos años y medio
de edad y esas actitudes frente a sus congéneres le han creado la fama de
bronquero. Por eso mismo se ha ganado el apelativo de Kukín, el
tristemente célebre jugador de fútbol, conocido por sus frecuentes grescas con sus
compañeros.
Ahora, en vez de Punky, lo llaman Kukín, con toda la malicia
que ese sobrenombre tiene en la mente de muchos peruanos. Pero eso no me interesa, es mi
mascota y la quiero así. A pesar de sus dos años y medio no toda su vida ha vivido con
mi familia, sólo hace seis meses que llegó a mi hogar, a nuestras vidas, a nuestros
corazones... y a nuestro barrio.
Quién lo hubiera dicho cuando mi hermano Pepe entró a la casa con el
pequeño Yorkshire Terrier, de pelo un poco corto, color caramelo y una especie de manto
negro desde la nuca hasta el trasero; todo enjuto, callado y tranquilo, que llegaría a
ser Punky, el Peleador sin ley. Y es que, al parecer, en su anterior hogar no le habían
brindado los mejores cuidados y se acostumbró a la indisciplina. Pero sí lo querían, sobre todo Laurita, la hija
de ocho años de esa familia que debido a una enfermedad asmática tuvo que despedirse de
su mascota preferida. Los médicos advirtieron a sus padres que alejasen de ella cualquier
cosa que desprenda pelos o polvo, por eso guardaron sus peluches y buscaron un buen hogar
para Punky.
Cuando vino ladraba estruendosamente y con desesperación a cuanto ser humano o animal se le ponía al frente.
Incluso recuerdo que una vez, Shanny, mi amiga que vino de visita desde Chile, se sentó
con mi perro en la puerta de mi casa y pese a que éste estaba con la correa puesta, no
cesaba de ladrar e intentar correr detrás de las personas, tanto así que uno de los
transeuntes le preguntó : Tu perro ¿es a pilas? A ella
no le quedó mas que reír. Y es que en verdad, parecía uno de esos perritos de
juguete que les pones pilas y saltan, ladran y se dan un volantín. Graciosísimo.
Toda esa malcriadez, gracias a Dios, se le está quitando poco a poco, con
disciplina y mucho amor, que es lo que recibe de mi familia. Increíblemente su pelo
creció desde su llegada como dos centímetros, por la comida especial que ahora ingiere,
ya no tiene la alergia que lo hacía rascarse hasta causarse heridas debido a que lo
bañamos con un producto apropiado para su fino pelaje, el mismo que ahora luce brillante
y sedoso, mejor que mi cabello. Como para terminar de coronar nuestros esfuerzos por
convertirlo en un lindo ejemplar de su raza, subió más de un kilo de peso y se encuentra
en forma ideal.
Por eso no nos importa que le digan Kukín. Sabemos que pronto
será el más querido de la cuadra y esa fama de peleador será menguada.
Además los lindos y graciosos momentos que nos brinda en casa no lo cambiamos por nada,
aunque a veces se haga la pis en la sala y todo el mundo reniegue, sabemos que siempre
estará Punky para recibirnos con los saltos más cariñosos que jamás nadie hará por
nosotros, que moverá su cola y correrá por toda la casa para demostrarnos su afecto y
alegría por volvernos a ver después de un largo día. Así, aunque nos haya ido mal en
otros aspectos de la vida, sabemos que alguien nos
espera con desesperación, nos necesita y valora muchísimo nuestra presencia. Un ser que
no teme decir: ¡Te quiero! Gracias Punky, te amamos.
P.D: Olvidaba comentarles que también le hemos comprado su propia cama
y duerme muy calientito. ¡Se lo merece!
(mazucari)