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Colaboración de nuestro internauta Adolfo Ubillús
Desde hace aproximadamente dos años y medio deseaba expresar
mis sentimientos, porque también los tengo, pero no podía. No encontraba la
forma de hacerlo. Un día soleado, de no hace mucho, vi en la mirada de mi amo,
concretamente en su alma, que era la persona indicada para hacer realidad mi sueño:
poder decirle al mundo que los animales, como los humanos, también amamos (lo
demostramos con nuestra fidelidad), lloramos (cuando aullamos) y reímos (al
mover la cola).
Sí, soy un perro. Boxer aleonado. Me llaman
Aarón y tengo tres años con diez meses. Desde que llegué a la casa de los
Pimentel-Ubillús me trataron de lo mejor, como hasta ahora lo hacen. Soy la
mascota engreída. Atención médica especializada, buena comida y abundante
amor. En suma, cuento con una maravillosa familia.
Como en todo hogar, sin embargo, siempre hay
problemas, de todo tipo. Inicialmente, por ejemplo, no salía a pasear y me volví
un poco travieso. Malogré el jardín interior a tal punto que tuvieron que
cambiar el césped por baldosas. Fue una etapa muy difícil. Hasta se tuvo la
idea de regalarme a otra parentela, con lo que peligró mi cómoda vida.
Stefanie, Rodolfito y Adolfo Ubillús hijo
abogaron por mí. Para la mamá Gloría, Maritza, Rodolfo, Hebert, Lalo y Adolfo
Ubillús padre, yo era un estorbo.
La pugna entre ambos bandos, por llamarlo de
alguna manera, era intensa. Con ello no pretendo decir que unos eran buenos y
los otros malos. No. Todos me querían y hasta ahora me quieren, sino que fue
–repito—una época difícil.
En ese mar de indecisiones, un buen día,
cuando Rodolfo –dueño de la casa, esposo de Maritza y padre de Stefanie,
Rodolfito y el pequeño Jesús-- salía en su automóvil hacia el trabajo,
aproveché para salir sorpresivamente y ganar la calle a la carrera. Me fugué.
Gloria y Adolfo Ubillús padre (cónyugues),
así como los hermanos Adolfo (hijo) y Hebert Ubillús —además del primo
Lalo—se quedaron preocupados, pese a que algunos de ellos no me deseaban
–por aquel tiempo—en la vivienda.
Inmediatamente
comenzó la búsqueda. Los hice sufrir un buen rato. Pero no fue tan extensa, sólo
estaba en el parque. Desde un matorral observaba sus rostros y gestos de
preocupación –casi con satisfacción—hasta que me encontraron. Fui feliz.
Ello
sirvió para hacer de esa inesperada salida, una constante. Desde esa ocasión
Rodolfo, todas las mañanas, le encarga al vigilante de la cuadra que me dé un
paseo por la zona.
Así
inicié una nueva vida, más cerca de la cruda realidad. A diario, cuando el
policía particular se descuida, aprovecho para husmear por los alrededores de
la urbanización Los Cipreses, en el Cercado de Lima.
Cada
mañana encuentro nuevos y cada vez más trágicos casos. Igual como sucede con
los humanos, entre nosotros los canes también hay clases sociales: adinerados,
acomodados, pobres y paupérrimos.
Jamás
imaginé que la pobreza fuera tan pobre entre los perros. Los indigentes humanos
pueden hablar y tienen dos manos para valerse por sí mismos. Nosotros, en
cambio, nada. Nada de nada.
Observar
mascotas –sin importar la raza—que deambulan por mercados, asentamientos
humanos y cloacas en busca de un bocado, es lo común en el Perú. Unas mueren
atropelladas, otras de hambre y hay hasta aquellas que perecen en inexplicables
peleas organizadas por seres, paradójicamente, racionales.
Ante
ese oscuro panorama son pocas las entidades de ayuda a los animales. Es
necesario más, mucho más. La tarea es de todos, como se hace en otros países.
Por ello, si eres dueño de una mascota, nunca la descuides. Y si no cuentas con
una, trata de no hacer daño a las ajenas y, mucho menos, a las vagabundas.
Es
importante levantar nuestras voces –los que podemos hacerlo—para ayudar a
los que menos tienen.
Esa
es la gran razón por la que un día miré fijamente a los ojos de Adolfo Ubillús
hijo (mi amo) y telepáticamente le dije que escribiera lo que siento porque es
para mí fundamental comunicarlo. No sólo lo hizo, sino que tuvo la feliz idea
de enviarlo a Mimascota y publicarlo en Internet.
Ahora
sólo espero que las autoridades, y
los peruanos en general, hagan todos los esfuerzos necesarios para mejorar las
condiciones de vida de los canes que más lo necesitan.
Aquellos
que vivimos una situación un poco más cómoda, podemos escribir a ésta página
para dar ideas que hagan posible que todo el mundo, poco a poco, pueda decir:
“No sólo el perro es el mejor amigo del hombre, sino que el hombre también
es el mejor amigo del perro”.