De aqui a la eternidad ...  

Respiraba aún cuando llegué a su lado, con dificultad intentaba abrir los ojos, lo tomé en mis brazos y con una de sus patitas delanteras quería asirse de mi mano (como cuando jugábamos en el jardín a la ronda). Su hermoso pelaje marrón claro y su pechito blanco, estaban manchados de sangre, al igual que el asfalto. Las lágrimas no dejaban de caer en mi rostro, mientras abrazaba fuerte a Pelusa, tratando de darle un poco más de vida con mi calor. Mi corazón desbocado latía a mil por hora ante la desesperación de ver herido a mi “hermanito”,  pero, a la vez, sentía el corazoncito de Pelusa latir cada vez menos y con menos fuerza. ¡No puede ser!, ¡no puede ser!, grité desgarrado, mientras mis amigos empezaban a rodearme.

Yo había salido a jugar fútbol como todas las tardes a las cinco, nos reunimos con la patota en la esquina, ahí formamos los equipos y luego nos dirigimos a la loza deportiva que queda en un parque cercano. Pelusa siempre me acompañaba, aunque no lo llevara yo, siempre aparecía, no sé cómo, se escapaba de la casa de cualquier manera y aparecía en la canchita de fútbito, para “alentarme”,  según él, pues continuamente sacaba la lengua como gritando mi nombre y hasta ladraba fuerte cuando me fauleaban. Como si supiera de fútbol.

Era manso, se echaba a un lado de la loza, levantaba la cabeza y sus dos patitas delanteras, con manchas blancas que parecían medias, quedaban a la vista. A veces se ponía a jugar con otros perros y armaban la gran “bronca”,  aunque era pequeño se sabía defender muy bien, o se ponía  a buen recaudo antes que todo estallé, o sea, corría hacia mí y se metía entre mis piernas.

Toda la gente que lo conocía se encariñaba con él porque era juguetón y mimoso,  el único cokker spaniel de la zona, los demás eran casi perros grandes o medianos. El barrio era tranquilo y no pasaban muchos carros por la canchita, por eso podíamos jugar a lo grande. Pero siempre llega un día fatal, en que se conjuga la imprudencia con la casualidad y suceden hechos que quizás jamás imaginamos.

Casi a las seis de la tarde, cuando los minutos señalaban que quedaba poco tiempo para que finalice el candente partido, empatado dos a dos, las ansias de gol hacían más fuertes nuestras acciones y los pelotazos y fauls se producían cada segundo. Roberto, un amigo de mi equipo, alto y blanquiñoso, pateó un tiro libre que  le salió fuera de la cancha hasta la vereda contraria (todos maldecimos),  la pelota venía de regreso por su propia fuerza, yo corrí para traerla más rápido, pero de pronto me di cuenta  que Pelusa ya la tenía entre sus patitas y la traía dándole pataditas y ayudándose con el hocico mientras caminaba casi corriendo. Ya casi había pasado la mitad de la pista, cuando se apareció de pronto un carro azul tipo Toyota (porque la verdad, ninguno de los presentes alcanzamos a ver la marca) que sin más contemplaciones, y pese al griterío de todos los vecinos, pasó sus llantas encima de mi Pelusa. La pelota no se hizo nada, la peor parte se la llevó mi querida mascota.      

El conductor del automóvil era un chico un poco mayor que yo, estaba con su grupete de amigos, seguro tomados, y el sonido de su estéreo a todo volumen, parecían locos, pues lejos de compadecerse por mi perrito y reconocer su mala acción, sobrepararon el carro a pocos metros, vieron el cuerpecito ensangrentado en el asfalto y se mataron de risa como enajenados. Arrancaron a toda prisa, doblaron en la primera esquina y desaparecieron, nadie los pudo seguir. No tenía placas ni nada, mis amigos corrieron para alcanzarlos e increparles su actitud, pero todo fue inútil, iba tan rápido que no dudo se hayan chocado con algo más en su camino, ojalá no sea otra vida.

Mientras tanto, mi “hermanito” en mis brazos desfallecía, de la barriguita para abajo no se movía nada, sus patitas traseras estaban casi frías, mi desolación era total, no sabía qué hacer. El consultorio veterinario estaba un poco lejos y quizás no llegaríamos a tiempo, los vecinos llamaron por teléfono a un médico que vivía cerca, pero no estaba. Todo sucedió tan rápido. Intentamos la respiración boca a boca, masajes en el pecho, llamarlo por su nombre para que reaccione, pero ya todo fue inútil, sus ojos se cerraron, su manita dejó de presionar mi mano y su corazón paro de latir. Lancé un grito de impotencia y no paré de llorar, mis amigos también derramaban lágrimas por Pelusa. En ese momento llegó mi mamá, avisada por los vecinos, me abrazó y nos pusimos a llorar junto al cuerpecito de Pelusa. “ No te preocupes –me calmó--, ya sabemos que Pelusa era tan fiel que siempre nos acompañará ‘de aquí a la eternidad’, siempre estará entre nosotros”.

Llevamos sus restos a la casa y lo enterramos en el jardín de atrás, junto a las margaritas amarillas que le encantaba mordisquear, ahora, adornarán su existencia.