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Los
tres comen, los tres duermen y los tres caminan en forma muy peculiar en
sus lindas y diferentes patitas. Los tres respiran, sonríen y son amigos
(al menos eso creo yo). A los tres los quiero mucho, son mis hijitos. Son
tan parecidos y tan distintos a la vez. Uno tiene pelos, el otro plumas y
el otro una gran caparazón. Tan dura como una roca. Con
ellos comparto momentos de mi vida, tan alegres, tan tristes, tan tiernos,
tan inigualables como con los seres humanos. Pero, al contrario de éstos
últimos, ellos nunca me han engañado, ni me han faltado el respeto, ni
me han dejado sola cuando más los he necesitado. No. Ellos, mis tres
hijitos, siempre están conmigo. Nunca me fallan.
Desde
que amanece el día son ellos los que me despiertan con sus particulares
sonidos y apenas me ven, no saben cómo ocultar su alegría. Mi perro
salta, brinca y ladra de emoción, corretea y empuja con sus patitas para
que lo saque a la calle. Mi patito sale corriendo de su escondite y hace
ruidos con sus patitas anchas en el piso, estira sus alas y aletea
fuertemente al viento saltando y correteando por todo el patio. Y mi
tortuga, ni decir, sale “rapidito”de su guarida y esconde y saca su
cabeza de su caparazón como diciendo: “aquí estoy”, “aquí
estoy”. |
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Boby,
Pepe y Manola, son mis tres amores mascotunos. No podría ser feliz sin
ellos. No podría sentir la vida
sin ellos. No podría sentirme “importante” sin ellos. Los he tenido
desde bebés. A Boby le daba su lechecita en su mamadera, para lo cual,
junto a mi hermana, hicimos una “chanchita” (junta) para poder comprar
ese utensilio tan vital para mi “bebé”, ya que su mamá falleció y
no pudo amamantar a sus cachorritos. Recuerdo cómo olía a café, sus
ojitos siempre estaban cerrados y su cuerpo tan chiquito y frágil, nos
daba miedo que no se lograra desarrollar. Pepe
también nos ha dado sustos, nació con una bolita en la patita derecha
que no le dejaba caminar bien, nosotros pensamos que tenía alguna
malformación y que nunca llegaría a caminar con las dos patas. Sin
embargo, el veterinario dijo que cuando creciera un poco se le podría
operar y quitar esa bola de la pata. Así lo hicimos. Después de un par
de días de cuidados, salió de su camita caminando y corriendo con sus ¡dos
patas! ¡¡Qué
alegría!!, ¡¡qué emoción!! Recuerdo que mi hermana y yo lloramos
juntas y nos abrazamos fuertemente ante ese acontecimiento. No lo podíamos
creer, nuestro sueño se hizo realidad, habíamos orado tanto para ello y,
en ese momento, Dios nos demostró, a nuestros escasos siete y ocho años,
que aunque seamos unas niñas malcriadas, él sí nos escuchaba y lo
sentimos allí presente con nosotros compartiendo nuestra felicidad. Cuando
llegó Manola, parecía que no se acostumbraba a nosotros ni a la casa.
Por más que le poníamos su lechuguita picadita, su agüita y su
zanahoria rayadita, no salía de la guarida que le construyó Papá,
adecuada para ella. Teníamos que darle su comidita en la boquita y a
veces ni así comía. Estábamos preocupadas pensando qué le pasará.
Entonces mi Papá nos dijo que quizás sólo necesitaba tiempo. Nos
prohibió que el diéramos de comer en la boca para que ella tenga la
necesidad de salir. Así lo hicimos y, con el dolor de nuestro corazón,
veíamos que no salía. Pero,
al tercer día, amaneció un sol esplendoroso (lo recuerdo bien porque era
el día de mi cumple, je,je), y cuando fuimos a ver a nuestros hijitos,
nos sorprendió ver que la lechuguita y la zanahoria que le pusimos a
Manola, ya no estaban. Sólo había rastrojos en su plato. Su agüita
también estaba menos de la mitad de lo que le dejamos la noche anterior.
¡¡Qué regalazo Manola!! El día de mi cumple comió y no dejó nada. Me
dio esa gran alegría para que ya no me preocupara tanto. Tan contentas
estábamos Mora (mi hermana) y yo, que corrimos a contarles a nuestros
padres. Ellos vinieron y también se alegraron. Sin embargo, mi Papá
detectó un problema. ¡No!
Manola no estaba dentro de su guarida. ¿Qué?
Buscamos y buscamos y nada, y nada. Ya nos íbamos a poner a llorar,
cuando de pronto mi hermana observó que algo negro salía de entre las
piedras de construcción que habían traído la mañana anterior los albañiles
que trabajaban en el segundo piso. A paso “raudo” se acercaba nosotros
moviendo la cabeza (como dice la
canción…). Nosotras no nos aguantamos y corrimos a acariciarla gritando
su nombre como una campeona: ¡Manola!, ¡Manola!, ¡Manola!, y la
aplaudimos a rabiar (como en los estadios). Al
estar junto a nosotras abrió su boca como diciendo: “aquí estoy”,
“yo soy”. Ese tierno detalle, nos hizo reír y comprender que ella ya
nos aceptaba y quería tanto como nosotros a ella. Nunca la habíamos
visto así, tan feliz y “sonriente”. Fue suficiente regalo para mí.
Mi “hijita” había hablado. Podría
llenar muchas hojas de cuaderno contándoles las anécdotas y aventuras
que pasamos con nuestros tres hijitos. Pero creo que por hoy ya es
suficiente. A mí me gustaría conocer también otras historias
mascotunas. Así que desde aquí y hacia todo el mundo, los invito a
escribir a ésta página sus historias. Así
todos aprenderemos de todos a respetar, querer y amar a los animales como
a nosotros mismos. Cuidémoslos, protejámoslos y digamos ¡NO! a la
violencia contra los animales. Ellos también tienen derechos. Te pueden
cambiar la vida. Sólo te piden amor y más amor. Saludos. Marcela
Canales. Mazucari
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