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Parecía
un día normal como cualquier otro, no sospechaba que ése iba a ser
diferente. Me iba a cambiar la vida. Mi mamá y yo fuimos a comprar a la librería que queda frente al edificio donde vivo. Fui con mi perrita Kony, una schnauzer miniatura, sal y pimienta, de un año y medio. Luego
regresé a mi casa sin mi mamá (ella se fue a trabajar). Todo iba bien,
pero observé que las puertas de la reja y de la mampara (de mi edificio)
estaban abiertas (nada usual). Al subir las escaleras hacia mi
departamento, solté la correa de Kony, ella siempre sube sola y
corriendo, pero como mi mascota quiere mucho a mi mamá, hizo todo lo
contrario, bajó e ignoró mis llamados. Me asusté mucho, inmediatamente
recordé que las puertas estaban abiertas, bajé de prisa los escalones,
mientras me imaginaba lo peor. |
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Luego
de unos minutos llamé a mi tío (es veterinario), le conté lo que había
pasado y me dio indicaciones, las seguí. Al
día siguiente llevé a mi Kony al consultorio de mi tío para que la
observara y viera si era algo grave. Nos dijo, a mi familia y a mí, que
ella estaba bien y que sólo había sido un golpe fuerte. Luego
de unos días Kony ya pudo caminar bien, ahora está totalmente
restablecida y yo tengo más cuidado con ella para que no se me vuelva a
escapar. Siempre dije que no quería que nada malo le sucediera a mi
perrita, y que haría lo posible para que nunca sufriera un accidente.
Pues, ahora debo decir: Nunca digas, Nunca jamás. Aunque
aún sueño con lo que pasó, ya lo asimilé. Sólo espero no volver a
vivir esta experiencia y que mi perrita me acompañe por muchos años más.
*
Colaboración de: Ana Paula Canales Escobedo.
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