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........... Las trazas ondulantes de sangre y babas, formaron un camino manchado de rojo oscuro en el parquet, eran las huellas de un pequeño cuerpo arrastrado desde la puerta de mi dormitorio hasta debajo de mi cama... la impresión fue muy fuerte y ya no pude más... las lágrimas se me salieron a borbotones... ¡Kukín!, ¡Kukín!, empecé a gritar mientras era presa del llanto y del dolor. Me arrodillé y me agaché para ver debajo de mi cama hasta donde me guiaban las huellas, mi última esperanza, en esos momentos, era que por lo menos sólo estuviera mal herido y que pronto lo podamos curar. Pero el no escuchar ni un ladrido, ni un lamento... ni una respiración, hicieron que se paralizará la mía. La escena fue terrible, ahí estaba, debajo de la cabecera, su cuerpecito inerte, todavía tibio, sus ojos cerrados como si estuviera durmiendo, su boca semiabierta y la lengua afuera, por delante todo estaba bien... Lo jalé despacito hasta donde pudiera verlo y tocarlo con comodidad. |
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Fue
ahí donde mis ojos no quisieron ver lo que veían. Tenía el cráneo
destrozado, mejor no describo ese hecho, es de por sí de terror. No lo
moví más. Mi sufrimiento fue indescriptible, pero callé mi grito para
no alterar a mi madre y a mi pequeña sobrina de siete años que ya venían
hacia mi dormitorio... busqué rápidamente una manta, una tela, un polo,
cualquier cosa que me ayudara a tapar la cabeza de mi Kukín,
encontré mi polo gris claro que justo me iba a poner ese día para
dormir. Cubrí con cuidado sobre todo la parte de atrás, le hice como un
turbante, para que mis familiares no se impresionaran como yo. Ya no pude
hacer más, en ese momento entró mi mamá, que ya con las huellas supuso
lo que había pasado, sólo con la mirada me trasmitió su pensamiento y
su dolor. Sus ojos vidriosos terminaron por romper en llanto cuando vieron
a su querida mascota en el piso, sin vida. Nos abrazamos. No dejé que
Alicia, mi sobrinita, lo viera. Uno a uno mis familiares más cercanos
llegaron al conocer la noticia. Juntos conjeturamos sobre lo que habría
pasado... Lo más probable era que Kukín se había enfrentado a
los delincuentes con toda su furia y les ladró hasta defender su último
bastión, mi cuarto (que también era el de él). Allí, seguramente sin
querer dar un paso más atrás, lo habrían golpeado hasta romperle la
cabeza. Luego encontramos un palo ensangrentado que los facinerosos habrían
utilizado para ese fin. Murió en su ley, mi perro, mi héroe. Los ladrones no pudieron llevarse ni un alfiler de mi dormitorio, ni tampoco muchas cosas de mi casa, gracias, estoy segura, a la protección de Dios y a la valentía de Kukín. Esa misma noche lo enterramos con honores, como se merecía mi héroe. En medio de la congoja familiar nada nos importó las cosas materiales que habíamos perdido en ese momento, sin embargo, la pérdida irreparable, insustituible, irremediable de nuestra amada mascota, era el peor puñal que podía sentir nuestro corazón. Colocamos su cuerpo en una caja, llenamos los costados con pétalos de flores y pusimos también aquella pelota roja en busca de la cual muchas veces correteó, brincó y saltó sin desmayo. Lolo, otro sobrinito de siete, se consiguió una banderita del Perú, de esas que ponen en los autos, y la extendió encima de Kukín. Oramos, cada uno se despidió de mi perrito como más lo sentía, unos hablaron y resaltaron las anécdotas que nos hizo pasar, otros sólo se mantuvieron en silencio. Ya nos parecía extraño no escuchar sus ladridos mientras conversábamos, a él no le gustaba que alguien charlara con mi madre, se molestaba y empezaba a ladrar y gruñir. Luego Lolo tocó su cornetita, fue su iniciativa, simplemente trajo su juguete y empezó a imitar el sonido de una diana, como en los funerales que alguna vez vio en la tele. Mi padre cavó un hoyo en el jardín y ahí depositamos sus restos, pusimos más flores y al taparlo escribimos: A Kukín, nuestra fiel mascota, mejor amigo y héroe: vivirás por siempre en nuestros corazones. Mazucari. |
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