MI PERRO, MI HEROE.  

   

Llegamos a mi casa y todas las cosas estaban tiradas por todos lados, bueno las que quedaban, era un desorden total, la escena me llenó de pavor y de angustia, no tanto por lo que veía, sino por imaginarme lo que ahí habría pasado, en una fracción de segundo pensé muchísimas cosas, pero la peor no la quise ni suponer... quise hacerme la fuerte y tragué saliva para no dejar salir las lágrimas que ya humedecían mis ojos. Las manos me empezaron a sudar, sentía que me faltaba la respiración y la presión en mi corazón aumentaba a medida que avanzaba por la sala, el comedor, el pasadizo y los cuartos en busca de “Kukín” mi pequeño perro Yorkshire Terrier que, ya sabía, se había enfrentado ferozmente a los ladrones que entraron a mi hogar. Y es que así era él, bravo, muy bravo con los desconocidos.                          

Ladraba muy fuerte incluso a muchos de nuestros familiares que llegaban de visita, hasta roncaba su voz como lleno de ira y movía sus patitas para adelante y para atrás como queriendo desafiarlos a entrar. Lo cargábamos y le hacíamos cariño para que deje de ladrar. Le decíamos: ¡No, son tus tíos! ó ¡son tus primos! y luego de unos minutos de presentaciones y de mutua confianza, ya hasta se ponía a jugar con los recién llegados. Traía su pelota y la soltaba cerca de la persona que más le llamaba la atención (generalmente los niños) para que ésta la tirará lejos y él a la carrera la traía de cualquier lado. No importaba debajo de la cama o encima de ella, “Kukín”, se metía hasta el fondo o saltaba de un solo impulso (podía llegar hasta un metro 20 de altura sin mayor esfuerzo) hasta lograr su objetivo de “rescatar” su pelota de los sitios más difíciles. A pesar que él mismo no llegaba a medir ni 30 centímetros.

Su dulzura me la mostraba cada mañana, a las siete en punto, mejor que cualquier reloj, saltaba a mi cama, se acurrucaba al lado mío y desde ahí suave y delicadamente me lamía las mejillas, sólo las mejillas, porque ya sabía que no podía hacerlo en la boca. Cuando sentía que su pequeño cuerpo caía pesadamente en mi cama, entre sueños, ya sabía que era hora de levantarse. Mientras me alistaba para salir se sentaba a esperarme hasta que me acompañaba hasta la puerta. Ahí me despedía de mis seres queridos y, claro, también de él, sabía dar la mano y también besito (ponía su hocico) era muy inteligente y disciplinado, nunca nos dio grandes problemas con su comportamiento (aunque muchos pares de zapatos terminaron destrozados por sus dientes, como cualquiera de sus juguetes, sobre todo cuando todavía era un cachorro).

Recuerdo la vez que lo llevamos al segundo piso recién terminado de hacer, sin puertas ni ventanas, y “Kukín” después de recorrerlo rápidamente,  se tiró de un solo brinco al primer piso. Mi hermano que estaba con él se asustó y gritó: ¡Nooooo!, se escuchó casi en toda la cuadra y los vecinos salieron a ver. Yo pensé que se había caído alguno de mis familiares, porque sí se oyó que algo pesado cayó. Salí presurosa a la cochera, mi querida mascota me miró y se metió corriendo a la casa. Lo revisamos, incluso con el veterinario, y gracias a Dios su “audacia” no tuvo consecuencias. Así era, osado, atrevido, bravo, dulce, inteligente, ¡¡era mi Kukín!!...

Ahora a pocos metros de mi cuarto, el último que me faltaba revisar, casi me detuve antes de entrar, acaso por no querer comprobar lo que ya casi me imaginaba....

(Esta historia continuará)

 

Mazucari.

Marcela Zulema Canales Ríos